La otra independencia necesaria


Por René Padilla

Cada 9 de julio la Argentina celebra su independencia, ya que en esa fecha, en 1816, el Congreso de Tucumán firmó la Declaración de Independencia de este país en la ciudad de San Miguel de Tucumán de las Provincias Unidas de Sudamérica. La casa donde se firmó pertenecía a Francisco Bazán, y el 1941 fue declarada Monumento Histórico. El párrafo principal de la Declaración decía:
Nos los representantes de las Provincias Unidas en Sud América, reunidos en congreso general, invocando al Eterno que preside el universo, en nombre y por la autoridad de los pueblos que representamos, protestando al Cielo, a las naciones y hombres todos del globo la justicia que regla nuestros votos: declaramos solemnemente a la faz de la tierra, que es voluntad unánime e indubitable de estas Provincias romper los violentos vínculos que los ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojados, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando séptimo, sus sucesores y metrópoli. Quedan en consecuencia de hecho y de derecho con amplio y pleno poder para darse las formas que exija la justicia, e impere el cúmulo de sus actuales circunstancias. Todas y cada una de ellas así lo publican, declaran y ratifican comprometiéndose por nuestro medio al cumplimiento y sostén de esta su voluntad bajo el seguro y garantía de sus vidas haberes y fama. Comuníquese a quienes corresponda para su publicación. Y en obsequio del respeto que se debe a las naciones, detállense en un manifiesto los gravísimos fundamentos impulsivos de esta solemne declaración.” Dada en la sala de sesiones, firmada de nuestra mano, sellada con el sello del Congreso y refrendada por nuestros diputados secretarios.
Como puede inferirse de este párrafo, se trataba de una declaración de independencia política respecto a la monarquía española representada en ese momento por el rey Fernando VII -una declaración que invocaba a Dios y se hacía en nombre del pueblo. Aunque ningún país reconoció la independencia nacional, a partir de ese momento la Argentina se constituyó en un país soberano, libre políticamente no sólo del Reino de España sino también de toda dominación extranjera.
En pocos años más se completarán dos siglos desde ese memorable evento. Dos siglos de luces y sombras, de avances y retrocesos. Dos siglos de búsqueda del lugar que le corresponde a la Argentina en el concierto de naciones que, como ella, se consideran libres.
A esta altura del tiempo, sin embargo, cabe preguntarse hasta qué punto la independencia política es suficiente. Suficiente para que este país, como otros muchos, rompa los “violentos vínculos” que la ligan a la dictadura del dinero representada por grandes intereses económicos globales y locales. Suficiente para que quede “de hecho y de derecho con amplio y pleno poder para darse las formas que exija la justicia, e impere el cúmulo de sus actuales circunstancias”.
La triste realidad que viven las grandes mayorías en la Argentina sugiere a gritos que la independencia política por sí sola no es suficiente. Otra independencia es necesaria: la independencia respecto al dios Mamón a cuyo servicio es incitada una minoría altamente privilegiada en bienes materiales y una inmensa mayoría es reducida a niveles de pobreza intolerable.
¿Llegará el día en que nuestros pueblos estén en condiciones de declarar su independencia del nefasto dominio de ese dios?

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